¿Deberías invitar a tu amante virtual unos días a tu casa?

La vida está para esto, para cometer actos irreflexivos, para lanzarse a las pasiones inmediatas. Pero a veces, con los amantes virtuales uno puede llegar demasiado lejos, o arrepentirse antes de tiempo. Es una situación cada vez más común: conoces a alguien por internet o por una aplicación para ligar (por ejemplo, Scruff tiene la opción de contactar con perfiles obviando la distancia). Hablas durante días, durante semanas, y todo va sobre ruedas: descubres una conexión que creías que ya nunca volverías a construir con alguien, creas un nuevo lenguaje de la comunicación, del humor y del deseo. Os enviáis fotos de cada parte de vuestro cuerpo. Y el único problema es que hay cientos de kilómetros de separación. No existen más divergencias entre vosotros: sois clones el uno del otro. Y, entonces, se toma una decisión: que alguien visite la casa del otro durante unos días porque claro, la economía no está para gastar en hoteles. ¿Qué puede salir mal?

En el primer día todo va perfecto
En el primer contacto con el amante se arrastra, siempre, la idealización de la conversación previa. La palabra, con todo el erotismo que contienen en su ambigüedad, ha generado una idea perfecta del amante. Y en el primer conflicto entre la idea y la realidad, la victoria es de la primera: son demasiados días de charlas y complicidades como para poder ver al otro en bruto. Siempre va a dominar la imagen construida sobre el cuerpo que entrevemos.

Este día suele ser, siempre, el mejor. Y suele ser un día de escaso movimiento. O de movimiento puertas adentro. Uno no necesita salir de casa: basta con unas cervezas, unos vinos, encargar algo de comer y pasar al segundo acto. O, incluso a veces, invertir los roles y comenzar por el sexo directamente. Ya se ha alimentado demasiado la imaginación como para esperar a los postres para satisfacer la excitación: ya vendrá la conversación después, entre las sábanas.

Two sexy guys. Love and Relationships. Tenderness and beauty. Two men love each other.

¿Y el segundo día?
Después de un día de interiores, de un día narrarse los relatos fundacionales de una vida, de follar varias veces (a distintas horas del día y de la noche) y de dormir juntos, toca atravesar las puertas y salir al exterior. Es el día del turismo, en el que el anfitrión, orgulloso de su ciudad natal o adoptiva, se dedica a pasear al amante por los hitos turísticos de la ciudad. Y también a enseñarle sus bares de sitcom y de parroquianos, los lugares donde cena, los cines a los que va, los locales gay que frecuenta.

Y éste es, a la vez, el día clave de la visita: del mismo modo que una primera cita puede salir fácilmente bien, pues simplemente con el relato del pasado ya teje uno las horas, en el segundo día ya hay que poner a prueba las complicidades. Ver si resisten la convivencia, si el humor también existe fuera del WhatsApp o la conversación no languidece a lo largo del día. Pero quizá al visitante le interesa muy poco o nada los lugares que crean el estilo de vida del anfitrión, o al anfitrión no le apetece volver a recorrer unas calles que tiene más que memorizadas.

¿Cuántos días más se va a quedar?
Pero, ¿cuántos días has invitado a tu amante a casa? Uno se hace esta pregunta siempre demasiado tarde… Quizá, lo ideal es un fin de semana: el primer día de sexo desenfrenado y de mutuo descubrimiento, el segundo de turisteo y el tercero para saber si, en ese lánguido domingo, todavía persiste la conexión. Pero a veces se nos va de las manos y, por querer extender los días, se descubren todas las manías del otro demasiado rápido, o vemos que las horas se alargan, que nadie habla y hay que seguir entreteniéndolo porque, claro, no vas a ponerte a hacer tu vida y dejarlo solo por la ciudad…

Entonces sucede. Toda una magia construida a partir de la palabra, de lo virtual, puede desmoronarse por crear una convivencia tan extensa en tan poco tiempo. Todo el proceso de enamoramiento puede destruirse por la presencia demasiado radical del otro. Por suprimir todo el juego del ocultamiento, del obstáculo, que suele dilatar la idealización en el tiempo.  Y te vuelves a preguntar, ¿por qué lo he invitado tantos días?

¿En tu casa o en la mía?
Existen muchas resoluciones de estas estancias en casas ajenas. La ideal, que la creación de una relación, es probablemente la menos frecuente. La realista, pasar unos días de buen sexo, es la más habitual, y uno regresa a casa con una satisfacción efímera de ese fin de semana de turismo y de erotismo. Pero la destructiva tampoco es una rareza: no todos cultivamos la paciencia y a veces uno no puede soportar durante más tiempo la presencia del otro, sus gestos, las conversaciones, sus silencios.

En estos casos, el que asume el rol del huésped tiene el poder, pues poco cuesta hacer las maletas y volver a la estación para adelantar el billete, o buscar un hostal “Puri” donde pasar las últimas horas que quedan. En cambio, el anfitrión lo tiene más crudo, y ha de tener la sangre fría de echar alguien de casa incumpliendo con el contrato verbal previo. A nadie se le desea ser anfitrión de una relación que se desmorona, pues ni siquiera obtiene la satisfacción del viaje y ha de compartir la cama con alguien que detesta por momentos. Entonces, llega ese domingo de despedida en la estación de tren o de ALSA y sobrevuela una pregunta ineludible: ¿por qué no hemos quedado en un lugar neutro?

Click aquí para cancelar la respuesta.