¿De verdad huelen mal los genitales?

Escribía Pascal Quignard en ‘Vida secreta’ que “El amor es, en primer lugar, amar con locura el olor del otro.” Y no le faltaba razón. El olor de la persona amada conforma mejor que nada su presencia, aunque no esté. Nada la hace más presente que el olor de aquel jersey que dejó olvidado en nuestro armario, que el olor de la toalla cuando se duchó antes de irse, que el de las sábanas cuando estiramos la cama por la mañana. El olor configura el paisaje de nuestro amado, y si lo amamos, amamos con vehemencia las particularidades de cada una de las esquinas de ese paisaje que se construye en base a su olor. Porque el olor de alguien amado es propio, irrepetible, insustituible. Quizá por eso, en el sexo, el olor determina mucho más, a hombres y mujeres, que la visión y hasta que el propio tacto y quizá por eso, por su carnalidad, por ser el sentido que más emana del que vive, ha sido de antiguo condenado por idealistas, ascetas y demás mortificadores de la carne.

Pero también el juicio que nos procura el olor es el más determinante de todos los sentidos a la hora de producir rechazo. Más que una torpe caricia, la visión de un conjunto poco armonioso, el oír una palabra fuera de tiempo o un sabor agridulce en la punta de los labios. Pues si bien todo esto podría llegar a ser mejorado, al olor no podemos engañarlo ni podemos simular que esa percepción negativa no se ha producido. El olor es innegociable y el juicio que nos haga emitir afecta a todo el conjunto del otro… pues uno es a lo que huele. Asimismo, el propio olor no se disfraza o se enmascara, en todo caso se matiza puntualmente. O se empeora, pues un perfume, cuando es bueno, no disimula u oculta el propio olor corporal sino que sabe entablar una brillante simbiosis con él.

En nuestro mundo, lo que importa es vender chorradas

Así las cosas, cuando nuestro olor corporal no le gusta al otro ya nos podemos dar por despedidos y si, para evitarlo, nos echamos encima dos litros de perfume, nos podemos también dar por despedidos y, además, sin carta de recomendación. Pero, en nuestro mundo, el saber cosas como ésta no importa. Lo que importa es vender chorradas y que las compremos como si nuestra vida dependiera de chorradas.

La estúpida moda de cambiar el olor de los genitales

De un tiempo a esta parte, se está poniendo de moda el intentar cambiar el olor de nuestros genitales a base de ungüentos, óvulos, aceites del próximo oriente y demás odoríferos remedios. Como si el que quisiera comerte el chocho, lo que de verdad le apeteciera en ese momento es comerse un perfumado mango de la china y no el sálvese la parte de servidora. La cosa de la traslación empezó antes con el sabor. Que si condones con sabor a plátano o a maracuyá, que si geles lubricantes con sabor a champán, que si braguitas comestibles de chocolate… cuando lo que de verdad hubiera tenido éxito sería un condón con sabor a polla o unas bragas con sabor a coño.

Unpleasant smell. Bad atmosphere for girl

Pero la genial idea no calaría (bueno, hubo intentos pero en vano) y no lo haría no porque sea una bobada sino porque la industria del consumo parte de una premisa que es totalmente falsa: los genitales huelen mal. Y eso se cree porque, a su vez, se sustenta en otra condición igual de falsa; los genitales son sucios. Y ni son sucios ni tienen porqué oler mal. Eso sí, olerán a genitales, como el pollo a l’ast huele a pollo a l’ast y la humedad en la hierba huele a hierba mojada, y olerán y conformarán esa extraordinaria caracterización particular que mencionábamos, pues olerán a la persona que los posee.

Un buen aseo permite que tus genitales huelan a genitales

Un aseo regular, normal y sin exageraciones (prohibidas las duchas vaginales y el frotar como si quisiéramos sacar oro del plomo) permitirá con nitidez esa doble condición que enunciábamos, que tus genitales huelan a genitales (que es lo que busca y excitará particularmente a aquel o aquella a quien permitas acercarse a ellos) y que huelan a ti (que es lo que más ama en el mundo aquel que te ama). Si aun así se produce un olor desagradable, puede ser un motivo que alerta sobre algún tipo de proceso infeccioso que hay que tratar (en cualquier caso, si alguien cree que, como un cerdo trufero, puede detectar cualquier problema simplemente por la nariz, que sepa que la mayoría de enfermedades de transmisión genital no desprende ningún olor particular); algo, el que haya un proceso infeccioso, que en ningún caso va a desaparecer por untártelos con toda una macedonia de frutos tropicales.

El olor, su autenticidad y su nitidez, es uno de los más potentes estimulantes para la creación del relato deseante que sustenta una interacción sexual. Quizá por eso un libertino francés del XVIII hizo una inteligente observación sobre una práctica que, hoy en día, desgraciadamente, está en desuso: “El besamanos es un gran principio, pues permite oler la carne”. Y yo no sé por qué doy idea, pronto nos querrán vender algún productito para que nuestra carne huela a amanecer brumoso en las playas de Cancún. O, lo que es peor, que huela a las carnes prietas de la vecina del quinto…

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