¿De dónde vienen los cambios de criterio en la belleza de la mujer?

Si de algo no hemos podido prescindir los humanos, desde el tiempo aquel en que decidimos conformar civilización, es del “modelo”. Siempre nos ha hecho falta un Aquiles, una Virgen María, esa imagen de Kate Moss, etc. Alguien en quien personificar nuestras más explícitas e implícitas aspiraciones, alguien que encarnara eso a lo que, tan evidentemente o tan secretamente, aspirábamos como sujetos y como colectivo. Un modelo. Pero el “modelo”, para cumplir su cometido y como sucede con todas las utopías, debe ser inalcanzable. Nada es como él; no existen hombres o mujeres así, pues si existieran, ya no serían “modélicos”…

En su condición, el modelo lleva inscrito la excepcionalidad. Y pese a ser sólo un “tender hacia él”, nos “modela”. Nos construimos a su imagen y semejanza (“lejana” semejanza). Así, el modelo debe ser un faro allá a lo lejos hacia el que remar, pero que, como sucede con el horizonte, mientras más nos acercamos más se aleja, debe ser un astro resplandeciente que nos conforta y nos predispone pero que, si volando lo alcanzáramos, nos abrasaría las alas. Nada hay más distópico que una utopía cumplida, ni nada más trágico que un modelo alcanzado. De darse cualquiera de los dos casos, conformar la utopía o cumplir el modelo, perderíamos algo que, para nosotros, es todavía más preciado que el propio modelo; nuestra necesidad de remar y de volar. Esa doble condición que conlleva lo modélico, su exigencia y su condición de inalcanzable, lo convierte en un tirano. Como la histeria, exige continua atención pero nunca la perpetua atención es suficiente a sus intereses, nunca los alcanza. Tiránico y necesario, el modelo es, en sí mismo, un modelo de nuestra contradictoria y sufrida condición humana.

Un “modelo” tiene como objetivo subjetivarnos

Pero, ¿de dónde viene el modelo? Algunos, en un acto celestial de fe, dirán que viene, igual que pueden decir que los niños vienen de París, de alguna manifestación divina que cae, como la lluvia, del cielo, pero lo cierto es que esa luz tiene un faro y un farero. Un farero en un faro que alumbra el foco y que lo hace girar, que nos lo pone a la vista y nos lo aleja de la mano. Ese farero que trabaja en y para el faro. Un faro que es la ideología dominante en el momento en que empieza a alumbrar ese modelo. Porque, si de algo es modelo un modelo, es de la cultura donde emerge y su objetivo no es otro que subjetivarnos, que construirnos en base a los criterios que mejor puedan rendir a sus intereses.

Las mujeres estamos sometidas a la histeria del modelo, en el ámbito estético

Las mujeres, especialmente las mujeres dentro de esa categoría que llamamos lo humano, estamos sometidas a la histeria del modelo. Particularmente en el ámbito estético. Siempre hemos tenido que “parecernos a”, “actuar como” y “aspirar hacia”. Cuando yo era jovencita, allá por los ochenta, o ya no tan joven, a principios de los noventa, las “modelos” (el lugar “hacia donde mirar”) eran mujeres inalcanzables que cumplían ese primer requisito (y el segundo) que mencionábamos antes.

Two beautiful and sexy young women with luxurious curly hair. Studio portrait. Excellent hair, brunette and redhead

Naturalmente que todas sabíamos que Elle Macpherson tenía que depilarse las piernas, que a Naomi Campbell le podía salir un barrillo en la cara o que Claudia Schiffer podía padecer de una digestión flatulenta, pero eso, a todas, nos daba igual, porque la modelo no era ni Elle ni Naomi ni Claudia, sino algo que estaba todavía mucho más allá que ellas mismas. Después, el farero quiso darle una vuelta de tuerca y empezó a exigir demasiado de nosotras. Fue el tiempo, entre otros, de la extrema delgadez, de la morbidez como lo “chic” y de la pulsión de muerte como complemento indispensable.  Aun así, se seguía manteniendo el criterio de “inalcanzabilidad” inherente al modelo.

El éxito reside en que te miren (aunque nadie se fije en ti…)

De un tiempo a esta parte, se ha producido un cambio enormemente significativo. El modelo, la modelo, puede ser (salvo contadas excepciones) cualquiera. Tú o yo misma. Mujeres de ochenta años, chicas con sobrepeso, chiquillas con Síndrome de Down, figuras andróginas, señoritas de apenas un metro cincuenta… y chicas, podría decirse, casi objetivamente, bastante feas. Tan feas como tú y yo. La distancia que antes exigía el devenir modelo, ahora exige ser pura cercanía, tan cercana que basta con mirarse en el espejo y ni siquiera sacarse la pelusa del ombligo. Y una que podría pensar; ¡Eureka! ¡Por fin hemos derribado la tiranía del paradigma! ¡Finalmente hemos roto nuestras cadenas!  No más exigencia de delgadez, ¡abajo el paradigma de la eterna juventud!, encontremos la belleza no en un rostro sino en el interior… para acabar proclamando, eufórica hasta la médula; ¡Por fin hemos destruido el modelo!…

Pero a una, que ya dejó tiempo atrás los ochenta y va para los cincuenta, la alegría se le torna sonrisa triste de payaso. Pues intuye y, más que intuirlo lo siente, que el farero sigue estando allí, solo que más joven, depilado y neoliberal. Y que el modelo sigue siendo extraordinariamente fiel al faro; a lo que nos quiere vender el marco ideológico triunfante y al cómo nos quiere modelar. Y recuerdo nuestros tiempos del “todos somos tú” pero ya “nadie eres tú”, del engañoso “porque tú lo vales”, del egocéntrico “sé tú misma” o del tiránico “si tú quieres, puedes”. Y vuelvo a observar este mundo de Yupi donde todo está a tu alcance (pero todo se nos hace infinitamente lejos), donde el éxito reside en lo que te miren (aunque nadie se fije en ti), donde la felicidad se compra en unos grandes almacenes (y nadie es feliz), donde el sueño es un “like” (y no una caricia) y del que nadie escapa de sus bendiciones (por más que le gustaría no ser bendecido por la gracia del consumo y la producción insostenibles). Y pienso que si ese es el faro, su luz, quizá pretenda más cegar que guiar.

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