De cómo descubrí mi pasión por las mujeres

A mí nadie me dijo que las chicas no me podían gustar. Crecí en un ambiente bastante represivo en cuestiones de sexualidad y para bien o para mal, no se me enseñó cómo funcionan la atracción, el deseo ni el amor. En mi casa, nadie hablaba de sexo. Cambiábamos de canal si una escena televisiva subía de tono y ese silencio imperante convirtió el tema en tabú. Un asunto secreto. Yo no preguntaba y a mí nadie me enseñaba.

Por este motivo nunca di por hecho que la heterosexualidad era la opción por defecto. En mi familia no me preguntaron si me gustaba algún chico. Y yo no confesé ningún tipo de apetencia a ese nivel.

Cuando llegué a la adolescencia y empecé a sentirme atraída por mis compañeros de clase, simplemente no hice una distinción entre chicos y chicas. No tracé esa línea que nos inculcan a nivel educacional. Viviendo en una burbuja, las reglas impuestas por la sociedad no me afectaron porque simplemente nadie me había hablado de ellas. Siempre digo que yo no salí del armario, porque nunca estuve en él.

Me llevé un buen jarro de agua fría cuando mis compañeras del colegio supieron de mis gustos y empezaron a bromear al respecto. Alguna me comentó que ya no se sentía a gusto cambiándose de ropa si yo estaba a su lado. De la noche a la mañana me había convertido en un depredador en sus ojitos de catorce años, alguien a quien evitar. Huimos de aquello que nos da miedo y ellas estaban asustadas de mi rechazo a la normatividad. Tampoco es que me importase demasiado. En aquel momento me consideraba bisexual.

redhead girl

Desarrollé una obsesión deliciosa por las pelirrojas. El mito de la mujer seductora, de alma de fuego. La femme fatale. Rita Hayworth, Lucille Ball. Entonces cayó en mis manos ‘El perfume’, de Patrick Süskind y mi pasión creció hasta límites insospechados. Quedé cautivada por el misterio de lo singular. A los 17 me teñí por primera vez en un intento por convertirme en ese ideal que tanto había deseado. Me decían que me parecía a Asuka, del anime Evangelion, siempre con dos coletas y jugando a parecer una nínfula. Ahora recuerdo ese momento desde la lejanía, riéndome internamente de mis ansias por encontrar una identidad.

Mi pelo era largo y pelirrojo cuando besé por primera vez a una chica. Se acabó convirtiendo en mi novia, la primera mujer con la que compartí mi vida. Tenía el pelo corto y moreno. Juntas recorrimos Madrid quemando pistas de baile y descubriendo de qué manera podíamos hacer explotar nuestros cuerpos. Hasta ese momento nunca había tenido claro si mi deseo podía convertirse en realidad, todas mis parejas anteriores habían sido hombres y la incertidumbre repiqueteaba en mi cabeza. A lo mejor es simplemente una fantasía. A lo mejor no te puedes enamorar de una chica. Resultó no ser así.

Acabó y nos odiamos. Y luego nos reconciliamos. Yo le agradezco la puerta que cruzamos juntas. Después vino el porno, y el resto es historia. Aprendí que la sexualidad no es una cuestión binaria y que lo que de verdad me atraen son las personas, no su género.

Me voy del tema. Lo que yo vengo a decir aquí es que me gustan las mujeres, y siempre me han gustado. Este texto es un halago a la perfección femenina. Adoro la suavidad de su piel y las curvas de su cuerpo, los pliegues calientes donde puedo ahogarme durante horas. Echo de menos la complicidad, entre amistosa y sexual, que he tenido con aquellas que se han cruzado en mi camino.

Hoy escribo esto un poco solitaria, un poco queriendo perderme en pelos largos con olor a flores, en ese suave vello que cubre brazos y piernas y traza remolinos y laberintos. Hoy echo de menos el amor de una chica y quería contaros cómo descubrí el mío.

Click aquí para cancelar la respuesta.