Cuando la pasión se va, nos queda la decisión de estar juntos

Porque tener una relación no va sobre disfrutar de noches de sexo desenfrenado, ni de sentir mariposas en el estómago cada vez que tu querido (¡o querida!) te deja un post-it en la nevera diciendo que tienes la cena preparada en la sartén.  Crear un vínculo con otra persona es una decisión consensuada. O dicho de otra manera: una pareja se crea partiendo de la simple decisión de estar juntos.

Como persona abiertamente poliamorosa, en más de una ocasión me han preguntado “Si tú y tu chico  podéis acostaros y tener relaciones románticas con terceras personas, ¿qué es lo que os convierte en pareja?” Nuestro vínculo está creado por las cosas que compartimos entre nosotros (intimidad, confianza, comunicación, planes de futuro…), no por las cosas que excluimos con los demás. Y cualquier relación definida por aquello que excluyes con otras personas (¿sexo? ¿afectividad?) carece de una cimentación sólida.

Todo se basa en la química

¡Empecemos por el principio! Aquí todo son reacciones químicas. Hasta las emociones más intensas pueden reducirse a un par de conexiones neuronales que han decidido hacer manitas dentro de tu cerebro. Una vez sabemos esto, podemos entender que desde un punto de vista estrictamente biológico, cuando formamos una pareja lo que estamos haciendo es seguir una serie de señales que han sido enviadas por agentes externos y ante las cuales nuestro cuerpo está respondiendo. Las señales dicen  “¡Sus genes son aptos! ¡Ten hijos! ¡Reprodúcete!”. Porque para eso están las hormonas, para perpetuar la especie y que los seres humanos no acabemos tomando el té en el salón de la extinción con un par de dodos. Desde luego es nuestra decisión como entes racionales el saber si queremos, o debemos o podemos en nuestras circunstancias formar una pareja, tener hijos o lo que surja.

I love when he's kissing of me neck

De lo que quiero hablar aquí es de que ese enamoramiento inicial, las señales luminosas que nos dicen que esa persona es la idónea, la sensación de burbujeo en el estómago, el nerviosismo, el sexo desenfrenado…todo ello tiene fecha de caducidad.

Durante cierto tiempo (de seis meses a dos años), nuestras hormonas se dedican a bailar la conga con este nuevo encuentro, este cuerpo con el que nos gusta tanto unirnos. Pero definitivamente, esta emoción se acaba. Las ganas de tener sexo todo el rato decrecen, las chiribitas en los ojos desaparecen. Sé que no estoy descubriendo la pólvora con estas declaraciones, pero a veces me chirrían los oídos cuando oigo a alguien quejarse de que “La pasión de su relación ha muerto”, “El deseo se ha acabado”, “Ya no es lo que era”. ¡Pues claro que no! El amor y por ende las relaciones de pareja, están sujetas a los cambios internos de las personas que la componen. Y negarlo es negar la naturaleza misma del amor.

Cuando los fuegos artificiales desaparecen, la mayoría de parejas tienen su primera crisis ¡Oh, terror! “Ya no siento lo mismo que antes”.
Si esperamos que una relación se mantenga como al principio, esperamos en vano. Los vínculos evolucionan, las relaciones cambian, y nosotros tenemos que adaptarnos. Habrá momentos de pasión, y momentos de tristeza, habrá sexo desenfrenado y temporadas en las que no os apetece dormir juntos.

Lo que nos une no es el concepto abstracto del amor

Al final, lo que nos hace estar en una relación (monógama, poliamorosa o establecida como más nos guste), es la decisión de estar juntos y tener una vida en común, no ese concepto abstracto y borroso que nos han enseñado como “amor”. El amor se acaba, y vuelve, y cambia y crece. Y tienes cariño, y tienes un afecto y una intimidad tan profunda que casi son imposibles de describir. Lo que hace que dos personas estén juntas no es el sexo, ni la pasión, ni los niños, ni la hipoteca, ni la exclusividad afectiva o sexual, sino la decisión de compartir un futuro colectivo.

Cada amorío evoluciona de una forma diferente y si aceptamos los cambios como algo constructivo, todo tiene cabida. Un vínculo no debe (¡ni puede!) desarrollarse igual que comenzó. A veces una relación empieza monógama y acaba poliamorosa, donde había dos ahora hay tres, se incluyen niños, los gustos sexuales toman caminos opuestos. ¡Qué más da!

Es hora de que empecemos a cuidar lo que de verdad es importante: crear vínculos sólidos basados en la confianza con aquellas personas a las que amamos.

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