Cuando él sí, yo no, y viceversa

De todos los obstáculos que puede haber en una historia de amor, para mí uno de los más insalvables son los desencuentros. Esta es una lección que aprendí hace mucho tiempo. La teoría me la enseñó una novela de Fernando Schwartz que leí cuando apenas contaba veinte años y que se llamaba justo así, ‘El desencuentro’. Poco recuerdo de aquella historia, salvo la maldición de aquellos dos personajes que llegaron a amarse muchísimo, pero jamás al mismo tiempo.

Otra cosa que recuerdo es que cuando fui a que me firmara el libro, descubrí que el autor era muy antipático. Esto no tiene nada que ver con lo que quiero contar aquí, pero me parecía una buena ocasión para ajustar cuentas. Fernando, he tenido que esperar veinte años pero al final te lo digo: eres muy antipático. Sigo.

Loving couple lying on the grass

Las prácticas en lo de los desencuentros amorosos las hice en mis propias carnes, porque eso de que cuando él sí, yo no, y viceversa, es casi un elemento recurrente en todas mis historias de amor. Si lo pensamos detenidamente, si ya es difícil que dos personas se enamoren una de otra, cuánto más difícil no será que lo hagan sincronizadamente.

Yo siempre me he sincronizado fatal con los hombres, pero es porque soy muy lenta enamorándome y rápida como el viento para desenamorarme. Vamos, que pescarme a mí en el momento justo es más difícil que pillar a Miley Cyrus con la lengua dentro de la boca.

Nunca he sido de flechazos. A mí me gusta lento, sin apremios, disfrutando de cada pequeño avance, tomándome mi tiempo, sin prisas. A mí el amor a primera vista se me escapa. Necesito tiempo para prestar atención a los detalles, para descubrir su olor, su sentido del humor, su paciencia con mi impuntualidad, o esa sonrisa que le brota de los ojos. El tipo de cosas que hacen que tengas muchas ganas de irte a la cama con un tipo y no con otro. ¿Cómo vas a desear a alguien antes de recopilar toda esta información?

Por eso yo un día levanto la cabeza, lo veo ahí delante y pienso: ¿Pero éste era tan mono? Pues sí, era igual de mono ayer, hace dos semanas y hace tres meses, solo que yo aún no lo sabía, porque no tenía la foto completa. Como Steve Jobs, de repente conecto los puntos y lo comprendo todo. Y  entonces, por unos momentos, unas horas o unos días, pasa a parecerme el ser más atractivo de la Creación. Sí, no es mucho tiempo, pero es que a mí ese estado de gracia me dura poco. Vamos, me dura lo que dos peces de hielo en un whisky on the rocks, que diría el maestro. Para colmo, más que hacerle señales de humo, yo disparo una bengala de esas que llevan los barcos para pedir auxilio. Un solo disparo.

Puede que el galán en cuestión a esas alturas ya se haya cansado de esperar en puerto, o puede que no esté atento y no vea mi bengala. Que cae a agua y se apaga. Y ahí termina nuestra historia de amor desincronizada, nuestro desencuentro. Puede parecer triste, pero a mí se me antoja muy romántico. Porque nada en el mundo puede estropear una historia de amor que nunca empieza.

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