Cómo sobrevivir a una infidelidad: consejos

Algunos matices sobre el término de “fidelidad” antes de entrar en materia. En la cultura romana clásica existía un concepto que resultaba de capital importancia para mantener el orden social derivado de cualquier tipo de intercambio (legal, comercial, erótico…) entre ciudadanos. Lo llamaban la “fides” y hacía referencia, más que a una cuestión de “fidelidad”, a una de “fiabilidad”. Era algo así como el valor moral de la palabra dada; aportaba la seguridad (en la concepción latina de “securitas”, es decir “serenidad”) en la que necesariamente tenía que apoyarse cualquier tipo de acuerdo.

Los “acordantes” tenían, a través del compromiso de la “fides”, que resultar fiables para el compromiso y, para ello, tenían que tener capacidad de pacto, es decir, capacidad para comprender lo que se pactaba (madurez e inteligencia suficiente para saber lo que se acordaba) y determinación para cumplir lo pactado (fuerza moral y control emocional para desarrollar lo acordado). “Fiabilidad” es un término que, en cuestiones de pareja, me gusta infinitamente más que “fidelidad”, pues si bien el primero remite a esa comprensión y compromiso con el pacto, el segundo parece remitir a una fidelización “ciega” que se formaliza en una exclusividad genital y en una privatización perpetua del deseo erótico.

El requerimiento de “fidelidad” nos viene ya implícito de serie

Otro asunto, los humanos somos necesariamente “promiscuos”, sin esa necesidad imperiosa de “mezclarnos” (que es lo que significa “ser promiscuo”), nuestra existencia se asemejaría más a la de un ficus, pero, y ahí radica el principio de la tragedia, somos culturalmente “exclusivistas”.

Lying businessman holding fingers crossed behind his back

La adscripción exclusivista a un cuerpo concreto (el de la pareja) es una solución cultural que ha dado, por más criticable que sea, razonables resultados en eso de mantener el orden social a costa de coartar la libertad individual. Tanto es así que el “requerimiento de fidelidad” nos viene ya implícito de serie (como la explosión en un motor de cuatro tiempos) desde el mismo momento en que nos asociamos sentimentalmente en una relación de pareja. El problema, y aquí viene el segundo acto de esa tragedia, es que al venir de serie se ha insertado sin previo pacto, sin acuerdo de “fiabilidad”… los contrayentes no lo acuerdan, porque lo dan por hecho, tan sólo lo asumen.

Así, la combinación es explosiva: todas, absolutamente todas las parejas estamos abocadas a que los miembros que la componen en algún momento de su existencia común “miren hacia otro lado” y, al no haberse establecido ningún acuerdo bajo las exigencias de la “fides”, no estamos preparados, no hemos dialogado, no nos hemos preparado, para esa inevitable situación. Con lo que, cuando se da algo que inevitablemente va a darse, no sabemos qué hacer… y lo que es peor, cuando se da eso que estaba de Dios que se diera, ya es demasiado tarde para prepararnos para ello por más que la pareja que se siga amando quiera mantener el orden establecido.

Intenten hacer entrar en razón (dar palabra, encontrar relato, hallar sentido) en una consulta a un paranoico obsesivo (un celoso) con un melancólico (un culpable), ambos hasta las amígdalas de emociones, es decir, sin palabras, y verán a lo que me refiero. El día después es siempre un día demasiado tarde y si al día siguiente del día después la pareja sigue con la voluntad de mantenerse pese a lo sucedido, la sacudida suele ser de tal magnitud que siempre queda algún pilar maltrecho que en un momento u otro va a crujir por más que se le eche arena encima.

Afrontar la “infidelidad”: la gestión de la promiscuidad

Para afrontar ese destino al que todas esas maravillas de arquitecturas sociales que son las parejas estamos abocadas, hay herramientas y soluciones que se engloban bajo lo que los sexólogos conocemos como la “gestión de las promiscuidad” y que pertenecen a ese ámbito tan oscuro y tan malbaratado de la “educación sexual”. Instrumentos diversos, funcionales y conceptuales, que, en base a la comprensión de la intrusión del “extraño”, del “tercero”, suelen tener buenos resultados en parejas maduras y que se aman (las que pueden ser “fiables” por muy “infieles” que sean) para responder a la cuestión; ¿Qué hacemos el día después de que esto nos suceda?

Recetas, soluciones, consejos y pautas

Ahora es cuando se supone que el artículo concluye, por parte de una sexóloga avezada, con una serie de recetas, soluciones, consejos y pautas para afrontar ese día. Pues bien, como este medio no es una revista de moda o un librito de “autoayuda”, ni servidora escribe manuales de “auto superación” (en cualquier caso “anti manuales”), no lo voy a hacer, pues no voy a despreciar la inteligencia del lector, pero sí diré una cosa; antagonizar, sin discusión, promiscuidad y fiabilidad, confundir invariablemente fiabilidad con exclusividad o promiscuidad con libertinaje, interacción sexual con amor, la emoción de enamorarse con la voluntad de construir el Taj Mahal o el interés con el “reemplazo”, son algunas de las solemnes estupideces en torno al hecho sexual humano que nos hacen más daño que el hecho de que nuestro ser amado retoce con otro ser que no soy yo…

Y esto no es una apología de la mal llamada infidelidad sino de la comprensión de este fenómeno que, de duro que resulta, está lleno de chistes. Como decía aquel “tuit”, “el cerebro humano es algo maravilloso… ojalá todos tuviéramos uno” (¡Ah!… ¡y que viva Cicerón!)

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