Cómo ligábamos hace 20 años (y cómo lo hacemos ahora)

Tinder, Meetic y Badoo: ahora te da la impresión de que llevan ahí toda la vida, llevándote a un mundo maravilloso de citas casi instantánea, un catálogo de posibles amantes al alcance de un gesto del dedo, sexo fácil con solo elegir bien… pero, oh no, amigos, esta fascinante simplificación del hecho de ligar no existía hace 20 años. Entonces, la cosa era un poco más complicada. Lógicamente, existían rituales que asumías sabiendo que era una inversión y que, quién sabe si con el tiempo acabarías metiéndola en caliente con tu vecinita, tu compañera de la universidad o la amiga esa de tu prima que solo ves en verano en la playa. Todo más lento pero también más, ¿creativo? Juzgad vosotros mismos.

Escribirle una carta
Toma ya. Estamos hablando de papel y boli, sí, o lápiz para los indecisos. Escribías algo a medio camino entre el “creo que eres maravillosa y que tus pedos no huelen” y “quiero follar salvajemente en los baños del centro comercial”, lo doblabas, lo metías en un sobre, perfumabas el sobre (bueno, esto es optativo), lo lacrabas con cera de una vela (si tu rollo era El Cuervo, el Edward Cullen de los 90) y se la entregabas en mano o se la dejabas en el buzón de su casa fingiendo que eras repartidor de propaganda. A partir de ahí, o bien recibías una nueva carta que desembocaba en una bonita, pero excesivamente platónica relación epistolar que casi nunca culminaba en polvo. O eso o comenzaba a esquivarte, quizá por pensar que, incluso en aquellos tiempos, ya eras viejuno en lo de ligar vía carta y que, a lo mejor, tenías una pluma de oca en tu escritorio.

¿Cómo lo hacemos ahora? Ahora puedes escribir un mail más o menos inocente o calentorro e incluso activar la opción de “confírmame cuando lo lea, amigo gestor de correo ” para asegurarte de que lo ha visto. Al final, pasa como con la carta: si le llegas al corazón o un poquito más abajo, te contestará. Si no, te dirá un buen día: “¡Huy, pues me habrá llegado a la carpeta de ‘spam’!”. Ya.

Llamar a casa (de sus padres)
Madre mía, cuántas tardes en guardia al lado del teléfono decidiendo si sí o si no. O esperando a quedarte solo para que no te molestara nadie. Y luego llamabas y se ponía el señor o la señora de la casa para interrogarte como si aquello fuera Guantánamo. “¿Quién eres?, ah, ¿pues no nos suenas?”, “no, es que ahora no se puede poner, está estudiando”, “dame tu número por si luego te devuelve la llamada”. Glups. Y, aunque fuera ella la que te respondiera, corrías el riesgo de que, con su hermano macarra delante o la abuela haciendo punto a un metro, todo acabara siendo una sucesión de monosílabos, un rosario de “ajá”, “ehm, sí” o “bueno…”. Lo mejor era ir al grano e intentar quedar cara a cara.

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¿Cómo lo hacemos ahora? Iba a decir que lo hacemos por el móvil, pero, coño, mentiría. Ya nadie usa el aparatito para hablar. Ahora, chateas por whatsapp intentando averiguar si la cosa se está poniendo caliente o no controlando si tiene el doble ‘check’ azul o si está “en línea” durante horas y horas sin contestarte. A veces, los planetas se alinean, recibes un whats en el momento justo y a la media hora estáis enganchados como lapas.

Grabarle una cinta
Un método laborioso, artesanal, casi podríamos decir, que requería una cinta virgen, una doble pletina y una colección de casetes propias. En las 12 o 14 canciones que le pusieras tenía que haber de todo: una canción sobre sexo salvaje, otra romántica pero no babosa, una que sabías que le molaba, otra que te molaba a ti, la rara que la descolocaría, una en plan gran descubrimiento, un hit del verano y alguna que hubiérais escuchado juntos por casualidad. Tan importante como el contenido era que te curraras la carátula con algún collage, alguna foto forracarpetas de gatitos, bebés o paisajes de una montaña y una cascada o una pegatina del discotecón de moda o de una marca de skates. Es este un proceso lento, pero de eficacia probada. Si funcionaba, tenías vía libre hacia su entrepierna.

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¿Cómo lo hacemos ahora? En el mejor de los casos, le pasas una lista por Spotify que, lógicamente, no tiene limitaciones. No se trata de mandarle la discografía completa de nadie, so burro, sino de elegir canciones que signifiquen algo. ¿Lo bueno? Que tienes toda la música para elegir, y puedes poner desde temas de Bom Bom Chip a David Bowie. En la variedad está la diversión.

Alquilar una peli en el videoclub y verla juntos
Esto es precioso. Este verano conocí a un tío norteamericano que tenía en su casa de Nashville un enorme letrero de Blockbuster Video colgado en la pared. Lo puso allí porque fraguó su relación con su novia a base de ir a pillar pelis en VHS e ir metiendo mano poco a poco. Del magreo de teta al 69, pasando de Willow a Pulp Fiction. Ver una peli al lado de tu objeto de deseo es un poco esto: tienes un ojo en Keanu Reeves conduciendo el autobús de Speed y el otro en su escote. Es estar a dos cosas a la vez, pero, qué diablos, estás en un sofá y la cosa pinta bien. En ese sentido, es mucho más cómodo que el cine. Y luego está ese conquistarla poco a poco acertando con las pelis adecuadas. Que sí, que con Antes del amanecer diste en el clavo, pero, mira, con la peli de las Spice Girls igual no acertaste, asúmelo.

¿Cómo lo hacemos ahora? Ahora puedes hacerte con la temporada completa de una serie, organizar una quedada en casa del uno o del otro, llevarla en un USB y poneros a ver un episodio tras otro como si no hubiera mañana. Horas y horas de diversión y de recalentamiento el uno al lado del otro en el sofá.

Quedando PARA EL PRÓXIMO DÍA
En serio, esto es así, hablamos de una cuestión de fe. Te la encontrabas en un bar o en una discoteca y entonces, en el momento de despediros, si la cosa no había avanzado, decías aquello de “¿y si quedamos para el sábado que viene?”. Oh, la incertidumbre. Podría ser de otro barrio o incluso de el pueblo de al lado y te pasabas toda la semana pensando en si estaría allí el siguiente fin de semana. Curiosamente, este método no admitía error: si reaparecía a la hora acordada, ya estaba todo hecho. Si no, tocaba, como decía en la tapa de los yogures, volver a intentarlo.

¿Cómo lo hacemos ahora? ¿Qué? No, en serio, esto es inimaginable hoy en día en que puedes hablar con un ser humano normal a través de Whatsapp, Line, Telegram, Twitter, Facebook, el Messenger del Facebook, Snapchat, Instagram… Quedar “para otro día” sin más es puro morbo y vicio, con lo que, oye, igual mola y todo.

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