Cómo librarte de sufrir por una ruptura

Lo que a los 16 años es un auténtico drama existencial, normalmente se va suavizando hasta casi diluirse más allá de los 30. No faltarán quienes continúen interpretando cada ruptura como lo peor que les ha sucedido en su vida, convirtiéndolo en el único tema de conversación, con sus correspondientes lloros, pataletas y sus ‘ojalá pudiera volver a atrás’… Pero lo habitual es aprender de cada experiencia y de cada lágrima y, superada cierta edad, te encantaría poder avisar a tu ‘yo’ del pasado de que todo es tan fácil como tú quieras hacerlo.

Si no es él, que pase rápido
Ciertos comportamientos y actitudes le van a delatar más pronto que tarde. Si es una persona posesiva, celosa, egoísta o te trata regular, deja de perder el tiempo en intentar cambiarle. Si tomas la decisión en el momento en que lo detectas, no habrá dolor.

Tú no decides cuánto debe darte
Cada persona es diferente, y no importa cuánto estés dispuesta a dar tú: él no tiene que devolverte nada, porque no tiene la culpa de tu pasión desmedida, y porque lo que tú le ofreces debería ser desinteresado, no ‘a cambio de’. Deja de esperar que la persona con la que sales tenga los mismos gestos contigo, responda a tus regalos inmediatamente, te diga cuánto te quiere el mismo número de veces, desee pasar contigo tantas horas con tú con él… ¡Basta! ¡Deja de intentar adiestrarle!

Relationship difficulties

Deja de poner fechas a todo
Cada relación tiene un tiempo de cocción diferente. No existe un plazo tope para conocer a vuestros respectivos amigos y familiares, no lo hay para iros a vivir juntos, y mucho menos para animaros a tener hijos. No obligues a tu pareja a tomar decisiones que no salen de sí misma, porque puede que tus amenazas tengan la respuesta que menos esperabas. A nadie puede extrañar que decida alejarse de la persona que intenta arrebatarle la capacidad de decidir sobre su vida.  Hay decisiones que tienen que ser de dos, y ninguno de ellos debería recibir empujoncitos.

Discutir no es un deporte
Todos conocemos la existencia de una especie común que disfruta de las discusiones, o al menos procura que formen parte de su vida. Quienes intentamos desde hace años descifrar el origen de este fenómeno tenemos la creencia de que lo practican por aburrimiento, porque les da vidilla o por asegurarse de que el drama nunca falte en su vida. Sea cual sea su motivación, acaban quemando a sus parejas, una a una, a fuego lento. Lo más curioso es que, cuando la otra persona pone punto y final, el discutidor profesional asegura no entender el motivo: ni idea de lo que ha ocurrido. Que no se lo olía para nada, oye.

… Pero tampoco es el fin del mundo
Ni tanto, ni tan calvo. Las discusiones diarias o muy frecuentes van minando las relaciones hasta agotarlas, pero tampoco nos pongamos en el extremo opuesto: Hay quienes convierten cada diferencia en la pareja en un motivo de ruptura. Es habitual e incluso sano tener y manifestar opiniones distintas a las de tu compañero de vida, como lo es mantener una discusión hasta alcanzar el acuerdo. Mientras no se convierta en rutina ni suponga una falta de respeto evidente, hay que perder el miedo al enfrentamiento verbal. No significa que el final esté próximo; simplemente, es una muestra más de que sois humanos.

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