Chicas: aquí es donde tenéis que tocarle para que se vuelva (más) loco

A los hombres se nos suele tachar de penecéntricos. Es decir, ponme la mano aquí, Macorina, porque si no, esto no chuta. Y, bueno, sí, para que vamos a negarlo, hay algo de eso. Pero, ojo, porque también hay zonas erógenas masculinas por resultar menos obvias –cuello, labios y nalgas ya son bien sabidas- que quizá se os están pasando y que deberíais explorar. Poneos el chaleco, sombrero y látigo de Indiana Jones (sobre todo el látigo, para qué vamos a engañarnos) y acompañadnos por este safari por las zonas erógenas de vuestro compañero de cama.

La nuca. Fijaos en un hombre cuando acaba de volver de la peluquería. Hay pocas cosas que le gusten más que pasarse la mano una y otra vez por la línea posterior de nacimiento del pelo. Es el efecto cepillito que da gustirrinín y que, en medio de la acción, podéis explorar sin miedo porque le va a gustar. Aunque sea calvo.

Los pezones. Pensar que los pezones de un hombre están solo de adorno es un error. Pueden ser una zona erógena muy potente si se estimulan adecuadamente. Los dedos, la boca o incluso los dientes son tus armas para ponerle a cien. Si, además, el tipo en cuestión tiene unos pectorales apañados, seguro que lo agradece.

Muscular torso of young man

Las manos. Dicen que las manos de un hombre pueden ser una de las partes de su cuerpo más atractivas para una mujer. Pues bien, también son una zona erógena que, especialmente en los preliminares, puede dar mucho juego. Acarícialas, ponlas donde te parezca y, en un momento dado, chupa uno de sus dedos. Eso le subirá de nivel inmediatamente.

La parte de atrás de las rodillas. Estáis tumbados en la cama y, de repente, pasas una de tus manos por la parte posterior de su rodilla. Es una zona en la que suele no haber pelo y, por norma general, los hombres poseen una gran sensibilidad en estas zonas (sí, la cabeza en el caso de los calvos también cuenta). Ten cuidado de no hacerle cosquillas, pero repasa suavemente esa zona y el calor subirá un poquito más.

La cintura. Entre el ombligo y el inicio del pubis hay una zona llena de terminaciones nerviosas que merece que te detengas ahí un rato con manos o labios. Su cercanía al centro del universo del placer masculino hace que vea ese jugueteo como una previa deliciosa. Como cuando vas a ver una peli de Pixar y antes te proyectan un corto que también mola, vamos.

El hueso sacro. Qué pillines somos. Hemos dicho antes que nada de hablar del culo, pero no hemos podido resistirnos a dar un voltio por la zona. El hueso sacro, esa terminación de la columna que antes remataba en la cola, es una zona de gran sensibilidad que puede tocarse con la punta de los dedos o, si ya nos ponemos en plan bestia parda, con las uñas. ¡A ver esa pasión, que no la veo!

El perineo. Ay, ay, que vamos ya hacia el infinito y más allá (por seguir con lo de Pixar). Ya sabes que el punto G está en una zona de difícil acceso, por la que se entra vía anal, un punto fronterizo en el que muchos de los hombres dan el alto. Para ir sobre seguro (sobre todo si no es tu pareja habitual), masajea la glándula prostática de forma indirecta a través del perineo. Si lo haces por sorpresa, seguramente le pillarás con la guardia baja y lo pondrás to loco.

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