Búscate a alguien que te parta el corazón

Hay personas que no se han enamorado jamás, y viven entre nosotros. Es muy posible que se crucen en nuestro camino, que sean encantadores, que saluden siempre y hasta que recojan las cacas de sus perros. No es descabellado pensar que estén bastante integrados y que pasen desapercibidos, pero esa gente, amigo, no se ha enamorado nunca, jamás en la vida. Son como ciborgs: parecen como nosotros, nos imitan con un grado de realismo asombroso, pero son incapaces de que el amor les invada las entrañas. No tienen ni idea de lo que es “no hallar fuera del bien centro y reposo,/ mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,/ enojado, valiente, fugitivo,/ satisfecho, ofendido, receloso”, que diría Lope de Vega.

No, esa gente no ha vivido nunca el amor ni tampoco el desamor. Soy incapaz de imaginar una vida más soporífera, más yerma, más desaprovechada, más baldía. Porque creo firmemente que amar de verdad, aunque solo sea por unos instantes, justifica una existencia entera. Y es que, decidme… ¿qué le queda a la vida si le quitamos los momentos de mariposas en el estómago o los infiernos del desamor? Pues os lo cuento: nos queda madrugar los lunes, renovar el carnet de conducir y las cenas de Navidad con tu cuñado. Un asco de vida. Una vida que no merece ser llamada vida.

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Y es que hay gente que transita por este mundo como quien rellena un formulario de rutina, gente que se limita a existir, a apoquinar para su plan de pensiones y a pagar sus facturas religiosamente hasta que viene a recogerlos la parca. Todos estamos en esta vida de chiripa, y ese golpe de suerte merece ser aprovechado.

Siempre que me encuentro a alguien que desconoce lo que es sufrir por amor, siento algo de pena por esa persona que ha vivido a medias. Si no has sufrido, no has amado. Para mí la incapacidad para enamorarse es una tara, probablemente un simple desajuste bioquímico; un cerebro que por alguna razón no segrega dopamina, o serotonina, o lo que sea que segregue un cerebro enamorado hasta las trancas.

Aunque también sé por experiencia que en algunos casos se trata tan solo de corazones aletargados por la rutina o el miedo, que nunca han sido amados de verdad, y a los que he visto resucitar al mundo de los vivos como si les hiciesen una maldita reanimación cardiopulmonar. Es como presenciar un milagro.

Siempre se está a tiempo de darle una oportunidad a la vida, así que busca a alguien que te parta el corazón. Sin miedo. Si duele, es que estás vivo. Y solo quien ha bajado a los infiernos del desamor alguna vez puede disfrutar con toda la intensidad de cada bocanada de aire que entra en sus pulmones. En las sabias palabras de Alberti: “La vida es como un limón, que te tiren a la mar exprimido y seco”.

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