Así nos masturbábamos antes de Internet

Milfs, Threesome, BBC, Fetish… Todas las fantasías, a un click de distancia. Parece un anuncio, pero, no, es la realidad. Internet y sus páginas de vídeos guarretes han hecho que satisfacer –aunque solo sea visualmente- cualquier fantasía esté a solo una pestaña de Google Chrome (o de Internet Explorer si eres chapado a la antigua).

Pero hubo un tiempo en que no estábamos conectados y en que para estimular nuestros tocamientos había que recurrir a otras cosas. Eran los 80 y los 90 y excitar la imaginación exigía un poco más de esfuerzo. Métete en el Delorean del sexo con nosotros, que vas a flipar…

Películas porno. ¡Películas! ¡De una hora y media! ¡En VHS! Si realmente querías ver porno, no te quedaba otra que acudir a la sección “para adultos” del videoclub y pasar vergüenza torera alquilando títulos como ‘El fontanero, su mujer y otras cosas de meter’ o ‘Bolas de navidad 3’. Otra opción era que algún compañero de clase o del curro te pasara una cinta de estraperlo. Lo mejor: darle al FF para pasar los diálogos e ir directo al tema.

Revistas porno. ¡Revistas! ¡En papel! Hubo un momento en que era suficiente para excitarnos con ver imágenes (sin movimiento) de penetraciones o de felaciones. Así de inocentes y majos éramos. ‘Relatos de cama’ o ‘Clima’ eran nuestras publicaciones de cabecera para cuando queríamos meter la manita debajo de los vaqueros o la falda y darle al onanismo. Vistas hoy dan como un poco de cosica pero en aquel momento eran ideales para refugiarse en el baño con ellas.

La tele. En lo que viene siendo la televisión de toda la vida nunca ha habido porno, para que engañarnos, pero sí películas eróticas que, en un momento dado, nos ponían en la cara unos coloretes nivel Heidi. Los sábados por la noche se veía cine en familia y si ese día tocaba ‘Fuego en el cuerpo’ o ‘9 semanas y media’, acabábamos turbados, mirando para otro lado y más calientes que la manta eléctrica del abuelo.

La tele (codificada). Nuestra leyenda urbana favorita: la de que era posible la película porno de los viernes del desaparecido Canal Plus sin estar abonado. Vale, aquello estaba codificado y no era más que un montón de rallas en blanco y negro, pero una chica de tu clase (repetidora) aseguraba que si subías el brillo de la tele a tope, bajabas el contraste, guiñabas un ojo y decías tres veces Bitelchus aquello se veía igual de claro que un arroyuelo en una mañana soleada de verano. Hubo quien se quedó ciego intentándolo.

Beautiful woman's thigh in black stockings

La imaginación. En serio. Te ponías en la cama a pensar en tu mito sexual favorito, ya fuera Miguel Bosé o Marta Sánchez y aquello comenzaba a funcionar. En realidad, hay personas que aún hoy en día utilizan este método: son las mismas que tienen una máquina de escribir en el salón o que, últimamente, se han aficionado al punto de cruz.

El froti-froti. Mover los muslos rítmicamente y a ver que pasa. Es una táctica muy de colegio de monjas, pero a quién más, a quién menos, le ha proporcionado algún orgasmo furtivo. Por supuesto, se hace con toda la ropa puesta y exige una técnica depurada: a la primera no saldrá nunca, pero hay que tener paciencia y estar caliente, claro.

Un libro. En las estanterías de cualquier familia de la época siempre había tres libros fijos. Uno era la Biblia, otro el ‘1080 recetas’ de Simone Ortega y el tercero solía ser una novela un poco cachondona del círculo de lectores que podía titularse ‘Pasión en el gran hotel’ o ‘Juegos de una burguesa aburrida’. Se trataba de buscar la página clave y ponerse a tocarse frenéticamente. Exigía dotes de malabarista para mantener abierto el libro y usar las manos con cierto arte.

El ‘party line’. Ya fuera con tu ligue o con un servicio profesional (“Hola, soy Marichu, si quieres azotes pulsa 1, si quieres que me meta un dildo, marca 2, si quieres que me lo monte con mi prima, dale al 3”). Aún existe hoy en día, claro, pero en aquella época no había móviles, con lo que teníamos que juguetear con nuestro cuerpo sin separarnos del teléfono fijo. Ay, cuántos cables dados de sí y cuántas pilladas de nuestros padres…

El ‘sexting’. Que sí, pero en lugar de por whatsapp, por carta. Inconveniente: tenías que esperar unos días hasta que te llegaran las letras encendidas de tu amante y te podías pasar una semana con el calentón hasta arriba. Incompatible con una vida normal, claro.

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