Así me enfrenté a mi primer trío

Estaba nerviosa. No podía evitarlo, aunque no hubiera llegado hasta ahí de forma casual. En nuestro caso, como en la mayoría de las parejas no era un arrebato. Me apetecía, nos apetecía.

Y con toda la confianza del mundo hablamos hasta la saciedad. Si os lo estáis planteando este es un paso fundamental.

Valoramos si era mejor que la tercera persona fuera Él o Ella y me descubrí pensando que me sentiría más cómoda con otra mujer. Marcamos nuestros propios acuerdos, porque de lo que se trata es de que la experiencia sea gratificante para las tres partes. Ninguno abandonará al otro en la novedad de la tercera persona. Un equipo de placer. Eso seremos. No vamos a introducir a una tercera persona en nuestra relación, no nos vamos a casar con ella, es un juego sexual. Aquí no intervendrá el amor. Decidimos que sea una persona extraña, alguien con quien fuera de la cama no tengamos ningún vínculo.

Y empezamos a fantasear

Una página de contactos. Unas copas y una charla. Nos caemos bien y surge el feeling.

Casi era tangible cuando acometieron las dudas. ¿Y si le gusta más que yo? ¿Y si no tiene todos los defectillos que yo tengo? ¿Y si no me gusta? ¿Y si aparecen los celos o nos volvemos posesivos? Y lo que es peor, ¿y si después de todo no soy capaz de hacerlo?

Nos proponemos sentir y no pensar

Atractiva o a mí me lo parecía. Más madura, más alta, más grande, también más segura. Noté que le gustaba. Sonríe. No me dedicaba sonrisas vacías o de simple simpatía, las habitaban deseo y lujuria a la par.

Me pregunté si el rubor de mis mejillas traspasaría el maquillaje cuidadosamente elegido porque quería sentirme muy guapa, sabe que es mi “Primera”, sé que notará mis nervios, pero me cuido muy mucho de dominarlo ante ella.

Happy finger art family.

Mi chico, pendiente todo el tiempo, apretaba mi mano. Él tiene mucha más experiencia. “No pasa nada. Si no sucede, si no te gusta, si no quieres, si no lo disfrutas… No pasa nada…”

Tenía miedo, pudor, curiosidad y ganas. Palabras a borbotones en mi acelerado cerebro: amor, cariño, complicidad, deseo, fidelidad, sexo, miedo. Miedo a defraudar. A no ser capaz…

Olía a perfume y crema. Las manos, algo mas ásperas que las mías me acariciaron mis ardientes mejillas y me dejé besar.
Cuando me quiero dar cuenta ya estamos en materia, y resultó que pasar de la primera base fue muy fácil, y que instintivamente sabía lo que tenía que hacer.

Ahora sí tenía confianza. Esto no iba a cambiar nada. Era un juego. Un juguete entre mis dedos. Un delicioso complemento que lleva hacia otra cota. Yo sabía exactamente como tocarla. Los pechos sobre la ropa interior, los besos sobre la piel del cuello… Desnuda. El rubor de la vergüenza dio paso al deseo. Quería besarle. Quería tenerle dentro, pero no quería soltar la presa. De pronto lo quería todo. Cuatro manos, dos bocas, dos alientos, dos sexos…

Besa, gime, acaricia, penetra…

Se ha marchado. Un roce en los labios, un Ciao y vuelve la timidez por lo que hemos hecho.
Una de nuestras reglas es que nadie se queda a dormir.

Abrazó mi cuerpo desnudo como otras veces, como tantas otras veces hará. Y me sentí muy bien. Podría ser otra Ella o Él, daría igual: el abrazo es otro nivel. Se giró sobre la espalda y me regaló una sonrisa. “¿Te ha gustado? ¿Lo has disfrutado? ¿Te has sentido mal en algún momento?”. Sabe que no.

Besé sus labios. Otro. Más profundo. Estaba excitado y yo húmeda, y como si lo de hace unos minutos no hubiera pasado, le recibí dentro con un suspiro y terminamos una partida que ninguno había perdido.

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