Así era el porno de nuestros bisabuelos

¿A que no resulta fácil imaginarse a los propios padres teniendo relaciones? ¿Y visualizar a nuestros abuelos en el dormitorio, concibiendo a nuestros padres? ¿Y, ya puestos, no resulta complicado hacerse una imagen mental de los bisabuelos o los tatarabuelos montándose una noche loca? La pornografía de hace ciento cincuenta años puede ayudarnos a responder a estas preguntas: no hay forma más eficaz de entender a una generación que averiguar qué la ponía cachonda.

Cuando en 1839 Daguerre presentó su técnica para impresión fotográfica, la primera realmente efectiva de la historia, bautizó a las imágenes obtenidas, no sin algo de orgullo, daguerrotipos. Y no pasó mucho tiempo antes de que alguien se preguntara, quizá con algo de vergüenza: “Si este invento permite inmortalizar impresionantes paisajes y estampas de presidentes… ¿serviría también para retratar a una mujer desnuda, o a un tipo cualquiera en pelotas, o a ambos follando entre sí?”

Fotografía de Eugène Durieu.
Fotografía de Eugène Durieu.

 

La respuesta, por supuesto, fue un rotundo “sí”. Sin embargo, el primer uso de los daguerrotipos de desnudos fue inocente y académico, como referencia para dibujantes y escultores. Pintores como el mismísimo Delacroix recomendaban encarecidamente el uso de modelos fotográficos, y se conservan bellísimas colaboraciones suyas de 1853 con el fotógrafo Eugène Durieu; desnudos femeninos y masculinos en poses naturales y artísticas. Pero no tardaron en aparecer fotógrafos que usaron como excusa el arte y la academia para resguardarse de la censura. Fueron los creadores de los primeros daguerrotipos abiertamente sexuales, con genitales claramente visibles y polvos tenuemente disfrazados con excusas mitológicas: del clásico Eros observando a Psiqué pasamos a Psiqué felando a Eros, para entendernos.

Sin embargo, aparecieron enseguida varios problemas prácticos. Para que el daguerrotipo no saliera excesivamente borroso, los modelos debían permanecer inmóviles durante varios minutos, incluso hasta un cuarto de hora. No parecen las condiciones ideales para retratar coitos vigorosos, y mantener una erección durante quince minutos de inmovilidad absoluta era un reto considerable un siglo antes de la invención del Viagra.

La introducción de daguerrotipos de desnudos causó un gran impacto

Así pues, la fotografía pornográfica estándar nació como el retrato de mujeres con más o menos ropa, mirada perdida y posturas cómodas. No parece una combinación demasiado excitante así explicada, pero la introducción de daguerrotipos de desnudos causó un impacto brutal. Un cuadro puede surgir por completo de la imaginación del pintor, pero las mujeres desnudas fotografiadas existían de verdad, y ese realismo calentó a una generación entera.

Surgieron como setas editoriales parisinas especializadas en publicar colecciones de daguerrotipos semipornográficos, a un precio prohibitivo. Comprar un daguerrotipo costaba el sueldo medio de una semana, así que la fotografía erótica estuvo al principio solo al alcance de bolsillos burgueses, tradicionales defensores de los vicios privados y las virtudes públicas. Además, al ser positivos directos, las imágenes solo podían reproducirse con la técnica más bien cutre de fotografiar de nuevo el daguerrotipo original, una forma de copia tan defectuosa como la práctica pirata de grabar un screener directamente del cine.

Todo cambió cuando hacia 1870 se inventó la técnica de los negativos fotográficos, que permitió las copias de buena calidad y bajo coste a partir de un solo original. Además, los tiempos de exposición se redujeron a unos pocos segundos, lo que ampliaba la gama de situaciones erótico-festivas que podrán inmortalizarse con facilidad… Bienvenida, pornografía de masas.

En una redada en 1875 se incautaron más de 100.000 fotos

Es difícil hacerse una idea del volumen de imágenes pornográficas que se movieron en esos años, pero no tendría mucho que envidiar al catálogo actual de Penthouse. Hay constancia de que en una redada de 1875 la policía londinense incautó más de cien mil fotos de desnudos y cinco mil negativos… Teóricamente esas fotografías fueron destruidas, aunque resulta fácil imaginarlas en la colección privada de algún comisario, que es lo que suele ocurrir en estos casos. El porno siguió adelante, inasequible a las redadas, sobreviviendo en particular en la forma de postales fotográficas que no estaban pensadas precisamente para acabar en Correos. ¡A principios de siglo XX en Francia llegaron a producirse más de veinte millones de postales con desnudos al año!

Los fotógrafos que aspiraban a la respetabilidad sin renunciar a mostrar algo de piel desnuda, buscaron variadas excusas para sortear la censura, más allá de la académica-artística: estudios etnográficos sobre nativas ligeras de ropa, proto-reportajes sobre nudismo y culturismo, o inocentes desnudos anatómicos como el tradicional método de estudiar científicamente cómo funciona el aparato reproductor humano mostrando imágenes de penes en erección. También hubo pintores y litógrafos, como Bellocq o Bertier, que se pasaron definitivamente a la fotografía artística de desnudos, con difusión extremadamente restringida.

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Foto de Félix Jacques-Antoine Moulin.

 

Pero más allá de justificaciones artísticas, la mayor parte de fotografías se producían expresamente para el consumo pornográfico y se distribuían de forma abiertamente ilegal. La mayoría de estos pioneros del porno permanecieron prudentemente anónimos para evitar multas o penas de hasta un año de cárcel. Cuando cayeron el fotógrafo Félix Jacques-Antoine Moulin y su distribuidor, las fotografías destruidas fueron descritas como “tan obscenas que incluso la mención de los títulos constituiría un delito de divulgación de escritos contra la moral pública”. A juzgar por otras imágenes que sobrevivieron, en este porno del siglo XIX se mostraban coitos explícitos, amor lésbico y homosexual, fetichismos varios…

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No se conoce la identidad de las modelos

No se ha conservado tampoco la identidad de las modelos: la mayoría eran mujeres que trabajaban de prostitutas (al fin y al cabo la palabra pornografía viene del griego porné graphein o “retrato de prostituta”), aunque también había bailarinas de cabaret pioneras del striptease o estudiantes tras un sobresueldo. No se buscaba que los y las modelos tuvieran cuerpos perfectos como en el porno estándar de hoy en día. A menudo se pretendía reflejar la mayor naturalidad posible, para transmitir al espectador la idea voyeur de estar espiando a su vecina.

Otras veces se escenificaban complicadas fantasías eróticas: mujeres desnudas sosteniendo serpientes como Eva en el Paraíso, amazonas ligeras de ropa armadas con jabalinas, improbables jeques árabes practicando felaciones a esclavos con turbante.

Miles, decenas de miles de estampas pornográficas, momentos irrepetibles de sexo, diversión o extrañeza congelados como mosquitos en ámbar desde hace más de un siglo. Imágenes tórridas carentes de tabúes, sorprendentemente modernas y que no tenían en su mayoría ninguna pretensión artística, ni falta que les hacía. Porque hay personas que generan arte solo con desnudarse y hablar con los ojos.

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